Albert había quedado en un pequeño pueblo de la Costa Brava con Vicenç, un hombre sexagenario que ama el saber y que busca la verdad. A parte de filósofo, también es músico y médico.
Aquel día, en el estudio de este, tuvieron una conversación interesante y nutritiva. No sólo hablaron de aspectos técnicos musicales o de la mística de las frecuencias y del acto de combinar sonidos en un espacio temporal; también conversaron acerca de la finalidad del arte, de la posesión y del amor… y de Pan, dios de los pastores y de la sexualidad masculina en la mitología griega que habitaba en los bosques y buscaba, impulsado por la divina y poderosa energía sexual, el coito con las ninfas. (Por cierto, del nombre propio de esta divinidad proviene la palabra ‘pánico’; ya que a este dios salvaje se le atribuía el origen de los ruidos y las terroríficas apariciones nocturnas en los bosques y montañas).
En un momento más profundo de la conversación, Vicenç comentó la idea de que no le gustaba la postura de algunos pensadores de dar la espalda a la naturaleza y a este mundo orgánico para ir a buscar una posible salvación, un estado superior o una unión con el todo; y que estaba en un momento vital en el que valoraba mucho la parte física y palpable de la dimensión y de la realidad en la que nos hallamos: la tierra húmeda, los seres vivos, los pies imantados al suelo, los pistachos y el baño de los rayos del sol. Defendía la idea de que, probablemente, nosotros somos una creación de la propia naturaleza para poder contemplarse a sí misma pero que en la mayoría del tiempo no somos capaces ni de reconocernos ni de entenderlo; y que la mayoría de los seres humanos van perdidos y sin rumbo por el mundo hasta el fin de sus días – un poco cómo aquel pobre hombre atado con cadenas que contemplaba las sombras en la caverna platónica -.
Antes de servir el segundo café, llamó al timbre Pere, otro sabio del pueblo vecino que era 5 o 6 años más joven que Vicenç y que había venido expresamente para unirse a la conversación.
– Chicos – pronunció unos minutos más tarde el recién llegado mientras ya se ponía una cucharada de miel en su negra bebida caliente – a mí lo que más miedo me da no es la IA; ni el brutal control al que estamos sometidos; ni que se puedan predecir conductas o acciones al alimentar una base de datos; ni el poder de los estados sobre los individuos; ni el cambio de paradigma mundial; ni la sociedad enferma; ni la desorientación y educación de las personas y de la masa; ni la economía; ni el impacto del hombre en el planeta… ni tan siquiera la manipulación constante a la que estamos sometidos de todos los lados. A mí lo que más miedo me da es que habrá un día en el que el ser humano será más feliz y obtendrá más placer de forma digital que de forma orgánica; y esto es terrible.
Los tres hombres estuvieron compartiendo sabiduría y debatiendo hasta el anochecer. Apretones de manos y abrazos sellaron la despedida mientras prometían verse de nuevo antes de la llegada del frío invierno.
Artur Martí Peraire, agosto 2023
