7- El secreto está en la máscara

Hace algunos años quedé fascinado al descubrir que la palabra “persona” derivaba del griego “πρόσωπον“, que podría traducirse como “lo que se pone delante de la cara” y hacía referencia a la máscara que usaban los actores en sus representaciones artísticas. La etimología de los vocablos es siempre una fuente de sabiduría y de inspiración; aunque muchas veces lo ignoremos por completo. 

Menos profundo, exótico y atractivo es el origen de “masa”, que parece ser que procede de “μάζα“, palabra también griega utilizada para referirse a un tipo de pastel. Hoy en día, “masa”, en uno de sus significados más importantes, define a la mezcla resultante de incorporar agua a un polvo. Hay otro significado del término que, de alguna manera, también podría llegar a considerarse una mixtura espesa, blanda y consistente: “muchedumbre o conjunto numeroso de personas”. Hoy quiero hablar un poco de este tipo de masa.

Ortega y Gasset la introducía exquisitamente al principio de su obra maestra La rebelión de las masas y la definía de una forma “tal vez exacta, pero externa”: “La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. […] Masa es el ‘hombre medio’. […] Masa es todo aquel que no se valora a si mismo – en bien o en mal – por razones especiales, sino que se siente ‘como todo el mundo’ y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás. […] La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por tanto, una división de clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores’. […] La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, cualificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado.”.

Otros ilustres autores como Le Bon o Freud ahondaron más profundamente en la psicología de las masas y llegaron a la conclusión de que el nivel intelectual del individuo baja cuando este está disuelto en el océano de una masa y que, además, el sujeto piensa, siente y actúa de forma distinta de como lo haría aislado. También apuntaron que la masa – que vive mejor en la ilusión – es autoritaria, intolerable, crédula y necesita ser dominada y guiada por un líder que tenga cierto magnetismo. Con todo esto, el individuo inmerso en la masa sacrifica de forma antinatural su interés personal al interés colectivo y queda sin voluntad, manipulado, sugestionado y en un cierto estado hipnótico.

Han pasado muchos años y han cambiado varias cosas desde la publicación de estos trabajos: la población mundial se ha casi cuadriplicado; el ciudadano ha tenido cierto acceso a parte del conocimiento; el deporte se ha alzado como un fenómeno de masas; la masa ha surfeado la ola del capitalismo y ha gozado por primera vez en la historia de placeres y lujos que siempre habían sido propios de las minorías; ha habido cierta evolución ética y moral de la sociedad; el mapa geopolítico ha cambiado; han habido guerras; la tecnología ha avanzado… pero creo que las ideas mostradas en los párrafos anteriores aún son válidas y tienen una fecha de caducidad lejana en Occidente. 

Analizando un poco la situación, uno puede llegar a la conclusión de que, seguramente y por primera vez en la historia, la masa ha construido un imperio en las últimas décadas.  Un imperio descontrolado, desorientado, incoherente y caótico, pero un imperio al fin y al cabo. Un reino con una masa falsamente coronada que algunos pensadores apuntan que es mediocre; que actúa como un niño mimado: cargada de derechos pero sin obligaciones; y que considera como natural y que le es merecido disfrutar de los logros y los beneficios que ha heredado. Una masa consentida y egocéntrica que está atrapada y es adicta a la comodidad y a las miserias que el sistema ha creado y que se traducen en comida basura, alcohol barato, pornografía, máquinas tragaperras, selfies, ansiolíticos…

Sería pecar de ingenuidad pensar que no existen unas élites y unas minorías que han observado y estudiado detenidamente al ser humano durante siglos; y que se han dado cuenta, por ejemplo, que si quieren controlar a la masa es mejor utilizar colores vivos; transmitir mensajes simples; controlar el botón del miedo; prostituir y alterar el significado de palabras sagradas como “libertad” o “amor”; crear banderas; crear y controlar un sistema económico; crear y controlar un sistema político; dar acceso a la población a placeres banales y adictivos; manipular la historia a su gusto; controlar los medios de comunicación; secuestrar la figura de la divinidad… pero también sería pueril y estúpido pensar que la manipulación del ser humano solo tiene como origen el fruto maduro y dulce diseñado por unas mentes elitistas. La masa es una víctima colaboradora que piensa que la comodidad es progreso y que ha aceptado sumergirse a lamer un pozo de placeres desconocidos sin importarle demasiado las consecuencias. No le ha importado demasiado que cambiaran el oro y la plata por papeles impresos de colores; o que, con los créditos bancarios, le dieran la opción de gastar lo que no tenía; o que la atraparan con los sabores artificiales y la comida basura; o que la sugestionaran para llevar al extremo el instinto sexual; o que le presentaran al Estado como un padre protector; o que le ensalzaran personajes públicos para ser idolatrados; o que la educaran para no poner en duda la veracidad de los medios de comunicación o de la historia escrita; o que utilizaran sus datos, gustos y acciones para anticipar sus reacciones; o que le crearan falsas necesidades; o que la infantilizaran… Ni tampoco le ha importado lo más mínimo dejar entrar en casa y llevar todo el día en el bolsillo un dispositivo con un micrófono, una cámara y un localizador.

En esta intensa obra de teatro que es la vida, y en la época y la realidad en la que nos encontramos, uno tiene que asumir que está manipulado y sugestionado a niveles que no puede comprender; uno tiene que aceptar que el mal existe; y uno tiene que ser consciente de que al final de todo esto hay luz, aunque quizás no la veamos brillar en su máxima esplendor en esta vida. 

Y como en toda buena obra de teatro clásico griego, la figura que el actor se pone delante de la cara es crucial. Es tan importante, sano y beneficioso tener una buena máscara que sirva para nadar sin problemas en esta vida: para defenderse cuando te atacan; para estar en armonía con el entorno; para empatizar con los demás; para mantenerse en pie; y, en definitiva, para sobrevivir en esta selva de sociedad que hemos creado, como lo es ser capaz de quitársela y navegar en las profundidades de la esencia propia y conectarse con la divinidad. Creo que con esta visión de la vida; manteniendo un equilibrio y una coherencia entre la máscara y la esencia, siendo bueno, fuerte, justo, educado, compasivo y buscando la verdad y la belleza, uno puede tener un buen camino y evolucionar mientras ayuda, a la vez, al desarrollo positivo del ser humano y de la sociedad.

Como espectador observo en el escenario un péndulo grande y pesado que coge lentamente energía para cambiar de dirección. Instintivamente, busco en mis bolsillos el programa de la obra. En la descripción del siguiente acto se indica que se producirá una rebelión silenciosa de una parte de las élites y de una parte de las minorías en la que, mediante el control, la tecnología y la manipulación, intentarán desenganchar a la masa y limpiarán con actitud de desprecio los pocos grumos que queden antes de volver a aposentar su trasero en el trono en el que siempre se han sentado. Mientras tanto, la nueva masa será guiada para encontrar cada vez más felicidad en lo digital y no en lo orgánico.

Sobresaltado, doy la vuelta de forma brusca al folleto para leer el título del último acto de la obra: Al final, la luz siempre gana. Respiro aliviado y vuelvo a guardar el papel en mi pantalón. Es hora de estar atento y de comer palomitas… que, al fin y al cabo, aquí estamos de paso.

Artur Martí Peraire, enero 2022

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