El Sr. Martínez utilizó el calzador plateado que siempre llevaba de viaje para ponerse los zapatos que minutos antes había estado limpiando con esmero. Una vez bien atados los cordones, salió con confianza de su habitación y del bonito hotel en Hydra donde se alojaba, y cogió un taxi para ir a la Casba de Argel.
Después de un día de trabajo, le gustaba andar sin rumbo, y aquella laberíntica ciudadela era perfecta para eso. Allí, su cuerpo decidía constantemente hacia dónde quería ir, guiado por la intuición y por la curiosidad, y así, dejándose transportar, su mente estaba en paz, un estado que consideraba superior al de la felicidad.
Después de comer tres Deglet Nour y de pasar varios minutos vagando por el misterioso sitio, sus pies se detuvieron con firmeza delante de una pequeña tienda. El Sr. Martínez, con la calma de una brisa primaveral, dirigió su mirada hacia sus zapatos y, al ver que no podía despegarlos del suelo, comprendió que algo estaba pasando. Giró lentamente la cabeza hacia la puerta de aquel establecimiento en el que sus pies habían decidido anclarse y sintió entonces algo fuerte dentro de sí que le empujó a entrar. Y entró.
Allí encontró a una mujer joven de espaldas que, al notar su presencia, sonrió incluso antes de mirarlo.
Ella se giró y los dos se quedaron observando el uno al otro durante unos segundos eternos antes de que el Sr. Martínez dijera con una sonrisa:
—As-salamu alaykum, keyf l-hal?
Su acento lo delataba y al mismo tiempo lo hacía parecer amigable.
—Wa alaykum as-salam, Sr. Martínez. ¿De Zaragoza, verdad? Bienvenido a Argelia.
—¿Cómo sabe quién soy? —preguntó sin mostrar excesiva sorpresa.
—Escucho y hablo con las almas de las personas.
—¿Y qué ve en mí?
—¿Realmente quiere saberlo?
—Sí.
—¿Qué quiere saber?
—Quién era en mi vida pasada.
La mujer sonrió levemente, cerró los ojos y, moviendo los dedos de su mano derecha, pronunció palabras incomprensibles a los oídos del Sr. Martínez:
—Usted fue una mujer copta que vivía en Egipto, tenía dos hijos y murió ahogada en el mar —dijo a los pocos segundos mientras abría de nuevo los ojos.
El Sr. Martínez puso esta vez cara de asombro. Su boca se abrió lentamente para intentar pronunciar alguna palabra coherente, pero antes de poder decir algo, la mujer continuó hablando:
—¿Ya pide de vez en cuando perdón a su alma, Sr. Martínez? Tiene que pedirle perdón más a menudo.
—Intento cuidarla lo mejor que puedo.
—Es importante pedirle perdón de vez en cuando. Aunque no la comprendamos, va a sobrevivir a la degradación y a la desaparición de este cuerpo caduco y a la persona que usted piensa que es. Yo me he pasado toda la vida cuidando de mi alma para, si puedo, ayudarla a que no vuelva a este planeta y pueda, finalmente, reunirse con la divinidad.
Un silencio denso se instaló mientras ambos continuaban mirándose a los ojos. La mujer sonrió levemente y pasó de forma ágil por el lado del Sr. Martínez para bajar la persiana de su tienda.
Y así pasaron toda la tarde hablando y después se despidieron con cariño y respeto.
Ya de noche y en la parte baja de la Casba, el Sr. Martínez, aún conmocionado por todo lo que había escuchado y vivido aquella tarde, paró el primer taxi que encontró junto a la mezquita de Ketchaoua y se dirigió de nuevo a su hotel.
Una vez en la habitación, y aún abrumado, el Sr. Martínez sacó de su bolsillo unas cerillas y encendió una vela en una mesita.
Acercó una silla y se sentó.
Observar hipnotizado cómo la vela danzaba y brillaba lo calmaba por dentro. Su mente se tomaba un respiro y su cabeza disolvía lentamente los malos pensamientos, de una forma similar a la que esa masa gaseosa en combustión consumía el oxígeno.
Hipnotizado por la ligera y enérgica llama que bailaba con elegantes movimientos en el candelabro, decenas de preguntas iban explotando en su cabeza como granos de maíz en una hoguera al transformarse en palomitas.
—¿Quién era realmente esa mujer que he conocido? ¿Qué ha venido a hacer mi alma en este planeta? ¿Todo el mundo tiene alma? ¿Es mi alma una parte de Dios experimentando en esta vida?…
De repente, un libro de los que había comprado el día anterior en aquella pequeña librería cerca de la Grande Poste cayó al suelo después de hacer equilibrios de forma silenciosa durante varios segundos y cortó como con unas tijeras sus pensamientos. Se levantó para recogerlo y, al voltearlo, sus ojos leyeron las primeras líneas de la página sobre la que había quedado abierto en el suelo:
Quid mirum si non comprehendis? Si enim comprehendis, non est Deus.
«¿Qué tiene de extraño que no lo comprendas? Pues si lo comprendes, no es Dios.»
Sus labios sonrieron mientras él decía en voz baja:
—San Agustín.
Y pensando en la mujer misteriosa que había conocido aquella tarde y en la frase del sabio que nació en lo que hoy se conoce como Argelia, el Sr. Martínez, vestido y con los zapatos ahora de nuevo llenos de polvo, se tumbó en la cama y se quedó dormido mientras la vela devoraba el oxígeno, el tiempo y sus preguntas.
Artur Martí Peraire, septiembre de 2026

foto: ©arturmarti, Argelia’25