12- Brevísima oda al pago en efectivo en el día a día

Hay una frase que me gusta especialmente: «Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una». No podría asegurar categóricamente la autoría de esta pequeña perla de sabiduría, pero sé que en su día la pronunció -con alguna variación- un personaje interpretado por Clint Eastwood. 

Mi opinión a día de hoy es que toda la población debería utilizar el pago en efectivo en su día a día. Dejadme, por favor, empezar la defensa haciendo una parábola.

Hace muchos años practicaba boxeo con un amigo y un día me comentó que, si por las circunstancias que fuesen detectaba que alguien quería atacarme en la calle y no podía escapar, tenía que mantener la calma, marcar una línea imaginaria en el suelo y, si el atacante la rebasaba, significaba que estaba invadiendo mi espacio personal y que me estaba agrediendo. Es ahí, cuando se sobrepasa la marca, cuando puedes y debes actuar.

Lo que inicialmente podría parecer un consejo de carajillo y puro barato en un mugriento bar de carretera, es una enseñanza de vida importante: si uno no define bien los límites cuando está en paz y sereno, y con la visión clara; cuando haya una invasión puede perder la batalla. 

En el caso que nos ocupa, la línea imaginaria de la intimidad, de la privacidad y del control dibujada en el suelo hace tiempo, claramente se traspasó hace ya muchos años. 

Así pues, recomiendo encarecidamente defender el pago en efectivo en nuestro día a día porque básicamente ya hace demasiado tiempo que nuestra privacidad y nuestra libertad han sido atacadas y, desafortunadamente, pocos refugios libres nos quedan a día de hoy para resguardarnos de la tormenta.

¿Por qué utilizar el efectivo en nuestro día a día? El punto más importante, obviamente, es el de la privacidad. Mientras pague mis impuestos impuestos, no haga daño a nadie y no haga cosas ilegales, nadie tendría que saber (ni le debería importar saber) qué compro o dejo de comprar; a quién; a qué hora; con qué regularidad… Un individuo necesita privacidad para evolucionar; sin privacidad somos más animales de granja.

Hay otros argumentos menos profundos: si utilizas más el dinero físico y menos la tarjeta, adquieres un mayor control de tu economía personal y gastas menos; usar efectivo en situaciones extremas de tipo colapso económico o caída masiva de internet es de vital importancia; la facilidad, la transparencia y el anonimato al dar limosna o al ayudar económicamente a alguien es otra ventaja; la eliminación de un intermediario, el evitar potenciales comisiones futuras al pago digital o el hecho de ayudar a mantener los cajeros automáticos en funcionamiento son también aspectos interesantes a tener en cuenta.

Ojo, no estoy diciendo que se tengan que pagar los recibidos o las compras de internet en efectivo; evidentemente se tiene que ser práctico y ser consciente del momento actual en el que vivimos; hablo de defender y de utilizar el efectivo en el día a día para ser un poquito más libres: en la panadería, en el supermercado, en las tiendas del barrio, en la cafetería, en el bar, en el quiosco… No ceder en los pequeños reductos de libertad que aún puedan quedar es esencial para nuestra salud y nuestra supervivencia.

Por cierto, hace unos meses estuve en Jordania y conocí a unos brasileños que sonrieron cuando en medio de una conversación les solté un: «Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una». Los chicos me dijeron que en su país a veces se utilizaba otra frase que era más o menos parecida, pero que además contenía una coletilla excepcional: «Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno… y no hace falta mostrarlo todo el tiempo»

No solo encontré sublime la nueva versión de la frase, sino que además me hizo reír un buen rato. 

Artur Martí Peraire

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