Nacido en Efeso, Heráclito (536-470 a. C.) fue uno de los filósofos presocráticos más destacados. Su sabiduría perenne nos ha llegado envuelta en aforismos a través de fragmentos escritos por un gran número de amantes del saber que vivieron en la Antigüedad.
Bellas composiciones como:
« Dios es día y noche; invierno y verano; guerra y paz; hartura y hambre; y todos los contrarios; pero adopta diversas formas al igual que el fuego cuando se mezcla con especias que toman el nombre de acuerdo a la fragancia de cada una de ellas. »
« La physis ama el ocultarse. »
« Como polvo esparcido al azar es el más hermoso kósmos. »
Son algunas de las máximas de Heráclito que invitan a la meditación mientras ocultan la sabiduría universal como perla entre dos conchas cerradas.
Lamentablemente, Sobre la naturaleza, el libro que seguramente escribió el pensador que vivió en la tierra que actualmente conocemos como Turquía, no logró sobrevivir a nuestros tiempos; hecho que alimenta y engrandece, aún más si cabe, la mística y el misterio alrededor del personaje.
Inevitablemente pues, todo lo que nos ha llegado de Heráclito ha sido de forma indirecta a través de poco más de un centenar de fragmentos escritos por otros autores que, a la vez, han sido ampliamente interpretados a posteriori. Estos hechos hacen que no sea tarea fácil intentar adentrarse y bucear en estas atractivas citas ambiguas y de difícil comprensión.
Algún autor ha mencionado, probablemente buscando la polémica, que es imposible encontrar dos intérpretes de Heráclito que estén completamente de acuerdo en el trasfondo de uno solo de sus aforismos.
Parece ser que Heráclito era un hombre particular; de carácter misántropo, melancólico y pensante. Sus contemporáneos ya le conocían como Heráclito el Oscuro; no solo por su estilo enigmático, su carácter excepcional y su forma de vida; sino también porque muy pocos podían llegar a entender lo que realmente había detrás del telón poético y desconcertante de sus palabras.
Aún habiendo pasado a la historia como El Oscuro, lo que nos ha llegado de este filósofo ilumina hasta cegar la parte más interna y profunda de cualquier amante del saber. Aunque a veces pueda interpretarse de forma especulativa o imprecisa, leer un fragmento de Heráclito es como encender una vela en la oscuridad.
Cabe recalcar que la sabiduría de Heráclito tiene una importancia e influencia cabal en la historia de la filosofía; en incontables pensadores posteriores; en la hermenéutica; en el postestructuralismo…; y tuvo un impacto directo en grandes figuras como Marx, Nietzsche, Hegel o Engels.
En este escrito nos centraremos en analizar el aforismo que aparece en el título con una interpretación personal; pero antes de abordarlo, tenemos que introducir y conectar dos conceptos importantes para Heráclito que desarrollaremos posteriormente de forma más detallada: el fuego y el Logos.
Casi la totalidad de los filósofos presocráticos se preguntaron cuál era el principio de todas las cosas. Para Tales era el agua; para Anaximandro, el Apéiron; para Anaxímenes, el aire; para Pitágoras, los números… Para Heráclito, el primer principio era el fuego. Todo se compone y descompone por fuego; incluyendo los dioses, las almas y todas las otras cosas. Solo una cosa está por encima del fuego: el Logos; causa de la armonía oculta universal.
El Logos es un pilar en el pensamiento de Heráclito y se presenta como la causa de todas las transformaciones del cosmos. El Logos es una razón eterna que rige y gobierna todas las cosas y que está siempre presente en todas ellas.
Después de esta breve pero necesaria introducción, pasemos a poner el foco en el aforismo de estudio.
De los muchos fragmentos dispersados como estrellas y atribuidos a Heráclito que han llegado a nuestros días en forma de destellos de sabiduría, probablemente el más conocido es el siguiente:
« Cruzamos y no cruzamos los mismos ríos; somos y no somos. »
Lo que hay detrás de este aforismo de once palabras en su traducción es de una importancia que pocos atisban y solo los que tienen orejas para escuchar, entienden. Como diría Hermes Trismegisto a través de El Kybalión: « Los labios de la sabiduría permanecen cerrados excepto para los oídos que comprenden. ».
En los siguientes párrafos intentaremos nadar en las profundidades de esta conocida cita que se ha interpretado de múltiples formas distintas y que se ha instalado en la cultura popular bajo la forma de: « un hombre nunca puede bañarse dos veces en el mismo río. »; aunque con esta estructura, seguramente la sentencia pierda varios kilómetros de profundidad.
Es bien sabido que Heráclito, y tal y como hemos mencionado en la introducción, propone la existencia de una ley universal fija que rige todos los acontecimientos particulares y que es el fundamento de la armonía universal del cosmos. Una ley que el ser humano es capaz de llegar a comprender y que penetra la naturaleza toda hasta su esencia más pura. Una ley que denominamos Logos.
Heráclito cree en la unidad de la naturaleza, llegando a afirmar que todo es uno; que todo proviene y vuelve al uno; y que a través de los sentidos no podremos llegar a la verdad ni conocer la verdadera esencia de las cosas.
Analicemos la primera parte del aforismo:
« Cruzamos y no cruzamos los mismos ríos […] »
Sabemos que para Heráclito todo fluye, todo pasa y nada permanece; excepto la razón universal inmutable. Todo lo demás está en constante cambio y transformación. También sabemos que, según su visión, las cosas son y no son a la vez. Esta característica de ser y no ser al mismo tiempo enfatiza siempre la ambigüedad de sus palabras. Con Heráclito, la ausencia es.
Con este movimiento y transformación constante de las cosas particulares y este fluir eterno, el filósofo de Efeso se aproxima al pensamiento de Anaximandro y de Anaxímenes; y qué mejor ejemplo de esta movilidad, adaptabilidad, fluir y transformación que el agua; elemento vital para todas las formas de vida que conocemos.
Para Heráclito, todo cambia; y este continuo cambio y continua transformación es la verdadera esencia de las cosas. Cosas que, recordemos, están gobernadas por el Logos, la razón eterna inalterable.
Y qué mejor sistema para contener este agua que un río; unidad entera que contiene el agua, la vida, el movimiento y que avanza; que es a la vez contenedor y estructura, pero que está también en continuo contacto con otros sistemas.
Y qué mejor verbo para utilizar que « cruzar »; palabra que lleva implícita un caminar; una acción; un movimiento; una penetración y que, desde un punto de vista etimológico, significa « atravesar en forma de cruz ». Lo que a la vez podría verse como otro movimiento dentro del movimiento.
Intentemos ir un poco más allá.
Todo indica que cuando Platón nació, Heráclito ya hacía varias décadas que estaba muerto; pero parece que hay una conexión indirecta entre los dos filósofos, ya que hay consenso entre los estudiosos de que Crátilo fue discípulo de Heráclito y maestro de Platón.
Platón atribuyó a Heráclito el concepto Panta rei – o todo fluye – que condensa y densifica la idea del cambio y de la transformación constante. La imagen del río ejemplifica a la perfección este concepto.
No solo eso, sino que también tenemos que tener en cuenta que el agua, como elemento, tiene un papel principal en la física de Heráclito.
Como hemos comentado, el principio primordial y único para Heráclito es el fuego; la parte más elevada debajo del Logos. En puestos inferiores al del fuego encontramos el aire, el agua y la tierra. Con estos cuatro elementos, Heráclito clasifica todo lo visible e invisible; y todo lo que existe y lo que no existe; siempre bajo el Logos.
Heráclito propone un sistema de transformación universal que tiene dos direcciones; una dirección descendiente y otra ascendiente:
Dirección descendiente:
FUEGO – AIRE – AGUA – TIERRA
Dirección ascendente:
TIERRA – AGUA – AIRE – FUEGO
Sabemos también que para el místico pensador el hombre está compuesto de cuerpo y de alma; y que los cuerpos se forman en la via descendiente y las almas en la via ascendente. El cuerpo se asocia con la tierra; y el alma, con el agua.
Si nos fijamos en otro de los aforismos que nos dejó el autor: « El alma seca es la más sabia y la mejor. »; vemos que nos indica claramente que cuanto menos cantidad de agua tenga el alma, más perfecta será. La perfección del alma depende pues del grado de sequedad y de su proximidad al fuego.
Así que, siguiendo la transformación universal que plantea Heráclito, el cuerpo pertenece a la tierra, el alma al agua… y el alma perfeccionada, tiende al aire.
Si pudiésemos observar un río de forma elemental y molecular, veríamos que moléculas compuestas por distintos elementos se mueven de forma aparentemente caótica en un flujo de agua que a su vez obedece una serie de leyes físicas como la gravedad, la rotación de la Tierra… y que, al mismo tiempo, en el sistema se producen incontables reacciones y procesos químicos y biológicos. Además, hay peces que nadan; huevos que eclosionan; piedras que se erosionan; cosas que cambian de estado; rayos de sol que penetran; hojas que caen y que navegan como góndolas por el río…
Entonces, vemos claramente en este ejemplo que solo el río como concepto particular ya es una unidad que lleva el cambio constante y el infinito movimiento y transformación dentro de sí.
Así que esta primera parte del enigmático aforismo parece tener en lo más profundo los conceptos de movimiento, de fluir, de acción, de transformación… presentados a través de una imagen del agua, del río y de una acción como es el hecho de cruzar el río.
Ya podemos empezar a ver la complejidad de lo que estamos intentando discernir.
Encaremos ahora la segunda parte de la máxima:
« […] somos y no somos. »
Imaginemos por un momento que queremos cruzar ese mismo río a pie o nadando, y que, para iniciar la acción, sumergimos nuestro pie derecho en la fría corriente de agua.
De forma instantánea, la introducción de nuestra extremidad generará unos cambios físicos y químicos en el aparente caos infinito que ya de por sí contenía el río como sistema. El pie se empapará; una pequeña piedra verá su falsa quietud alterada; habrá un intercambio de calor a pequeña escala; alguna gota saldrá del río y se evaporará lentamente en la orilla… Es decir, el río y nosotros seguiremos siendo los mismos y, a la vez, nunca más seremos los mismos.
También podríamos hablar del ser que ha aprendido en esta acción que el agua del río estaba fría; que el lecho arenoso era resbaladizo; que podía divisar a lo lejos peces grandes para pescar en un futuro; o que experimentó una sensación de paz y felicidad al cruzar el río. Este ser también es y no es al mismo tiempo.
Las cosas son y no son a la vez, todo está en constante cambio y transformación. Aún así, aún teniendo este movimiento aparentemente caótico de eterna transformación, todo está sujeto al Logos; todo está sujeto a la Ley.
En esta segunda parte del aforismo, trasladamos la lupa desde el río y la acción de cruzar, hasta el ser mismo y, por lo tanto, tenemos que hablar de la ontología de Heráclito para entender esta expresión ambigua que causa sorpresa y desconcierto al lector.
El concepto de « ser » de Heráclito parece que ya fue polémico en su época por chocar de forma frontal con otros pensamientos de filósofos reconocidos.
Heráclito cree en la unidad de la naturaleza; que todos somos uno; que todo sale del uno; y que todo vuelve al uno. Cree también, como ya hemos mencionado, en el cambio y en la transformación constante de las cosas; las cuales son y no son a la vez.
Siguiendo el mismo razonamiento que en la imagen del río, el ser también está sometido al cambio y a la transformación constante. Todo cambia excepto el Logos, que permanece inmutable e invariable. El ser cambia y se transforma continuamente; siendo y no siendo a la vez.
Podemos concluir que, si nos quedamos en la orilla de la cuestión, uno puede cruzar los mismos ríos; puede bañarse dos veces en el mismo río; y seguir siendo la misma persona.
Si, por el contrario, nos aventuramos a bañarnos en el río de la cuestión, podemos concluir que uno no puede cruzar jamás los mismos ríos; ni puede bañarse dos veces en el mismo río; ni puede ser la misma persona.
Si, finalmente decidimos ir al fondo del río de la cuestión, concluimos que « cruzamos y no cruzamos los mismos ríos; somos y no somos. ».
Yo soy y no soy el mismo después de escribir este texto y empaparme de la sabiduría de Heráclito en el río de la filosofía.
Artur Martí Peraire, diciembre’23
